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3. Copistas e iluminadores

3.3. La tinta negra

Tintas al carbono

El origen de la tinta negra se remonta por lo menos al tercer milenio antes de Cristo, según las fuentes chinas. Algunos investigadores consideran que este producto se usó primeramente en la India en torno al cuarto milenio antes de Cristo, y desde allí fue viajando en dirección a Occidente.

Sabemos con seguridad que los antiguos egipcios ya conocían la tinta alrededor del año 2500 a.C. De hecho, la persistencia de tinta egipcia es tal que los papiros escritos con ella aún muestran un negro de gran intensidad, a pesar del paso de tantos siglos. El principal componente de esta tinta es el hollín o negro de humo, que se mezclaba con una especie de barniz o goma.

Este tipo de tinta es la que en la actualidad se conoce como “tinta china” o “tinta al carbono”, y aparte del pigmento negro (negro de humo) y el aglutinante, ya mencionados, se le solía añadir algún otro aditivo para variar su color, olor, textura o grado de acidez. Los aglutinantes podían ser glúcidos (gomas de árboles o miel), lípidos (aceites) o proteínas (huevo, gelatina o cola animal), aunque el más empleado era la goma arábiga. La goma arábiga se obtiene a partir del árbol denominado Acacia Senegal o Acacia verek, y una de sus principales propiedades es su gran capacidad higroscópica, que evita que la tinta se reseque y proporciona la viscosidad idónea para que la suspensión coloidal encuentre las mejores condiciones para la escritura.

En la Europa del siglo III a.C. la tinta se preparaba con el hollín producido al quemar laca y carbón vegetal, obtenido fundamentalmente a partir de leña de abeto. Esta “tinta china” se vendía en barras y se disolvía después en agua para su utilización. Más tarde se empleó en su fabricación negro de humo obtenido al carbonizar distintas sustancias de origen vegetal o animal. Se consideraba que el mejor hollín para la tinta era el que procedía de la combustión de las semillas de la planta Dryanda cordata y de las de linaza. Mezclado con cola, se perfumaba con alcanfor y almizcle para dar a la tinta un olor agradable.

En tiempos de Vitruvio (ca. 70/80-ca.15 a.C.), en su tiempo el negro de humo se obtenía por la combustión de resina en hornos especiales. Y Plinio (23-79 d.C.) indica en su Historia Natural que se empleaba el hollín de hornos y estufas de los baños, así como la carbonización de levaduras de vino y de marfil. Luego el hollín se trituraba con goma para poderlo utilizar con mayor facilidad. La pasta resultante se solidificaba y para utilizar la tinta había que molerla y disolverla en algún líquido.

Los análisis que realizaron Johanns Joachim Winckelmann (1717-1768) y Humphry Davy (1778-1829) de los escritos encontrados en Herculano demostraron que la tinta que se empleó en ellos era en todos los casos tinta al carbono.

A causa de la inercia química de la materia prima, la tinta al carbono no está sujeta ni a oxidación ni a reducción, por lo que no ataca el soporte sobre el que se deposita, ni tampoco penetra muy profundamente en las fibras del mismo, lo que le hacía susceptible de ser borrada.

Tintas metaloácidas

La tinta al carbono era ideal para escribir sobre papiro, que por su rugosidad retenía bien la tinta, pero sobre el pergamino, mucho más suave y graso, este tipo de tinta tiende a perderse, sobre todo en el lado de la carne.

Las denominadas tintas “metalo-gálicas” están formadas por una mezcla de sustancias extraídas de los taninos vegetales, una sal metálica (mayoritariamente un sulfato de hierro o de cobre) y un aglutinante, como puede ser la goma arábica.

De los tipos de taninos que existen, el usado generalmente para fabricar la tinta negra era el ácido gálico, que se obtiene a partir de la denominada “nuez de agallas”, que es en realidad una excrecencia vegetal que se forma en la corteza de algunos árboles de la familia de la encina y el roble por la picadura de algunos insectos con la finalidad de depositar en ese emplazamiento sus huevos fecundados. En torno a ellos se forma una capa celulósica procedente de los jugos vegetales emanados por el orificio del tejido lacerado. Hay una gran variedad de tipos de nuez, y como es natural son más apreciadas aquellas que ofrecen una mayor proporción de tanino. En su defecto se puede recurrir a otros productos de propiedades similares, tales como el mirobálano, las algarrobas o las bellotas.

Nueces de agallas.
https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/b/bb/Agallas_roble.jpg/640px-Agallas_roble.jpg

Las agallas se sometían a maceración o cocción en agua, cerveza o vino para extraer los taninos del vegetal, cuya hidrólisis genera un ácido gálico (o algún derivado), azúcares y algunos compuestos fenólicos.

El otro ingrediente es el vitriolo, chacantum, attramentum o “negro de zapatero”, que es un sulfato de cobre o hierro, pues hasta hace relativamente poco no se distinguía entre ambos tipos de sales, y de hecho ambas se optenían de minerales que contenían también otros metales, como aluminio, zinc o magnesio. Una buena parte del vitriolo europeo procedía de Goslar, en Alemania. El fluído que corría en los pozos de las minas se recogía en cubos de hierro y cristalizaba en sales al evaporarse el agua y para aumentar el contenido en sulfato de hierro se le añadían raspaduras de hierro. También se podía obtener vitriolo como un subproducto de la manufactura de alumbre.

Al unirse el ácido gálico con el sulfato de hierro (II) se forma un precipitado negro que es un complejo ferro-gálico (el galato de hierro (II)) más ácido sulfúrico. Cuando el complejo se oxida y el hierro pasa al estado de oxidación +3, la disolución adquiere un color negro-azulado. La intensidad del color negro está determinada por el porcentaje de cada componente en la reacción. A más ácido sulfúrico, más intenso será el color negro, pero también más corrosiva será la tinta. Según la naturaleza del metal que los forma, su estado de oxidación y el grado de hidratación, los sulfatos presentan una amplia gama de colores: el sulfato de hierro (III) es naranja, el de cobre azulado y el de hierro (II) verde. Otras tonalidades dependen en gran medida de la presencia de contaminantes en el vitriolo.

El último ingrediente requerido es la goma arábiga, la cual, a través de las sustancias mucilaginosas que posee, eleva el grado de viscosidad de la mixtura y contribuye a la homogeneización del precipitado, evitando la formación de depósitos a partir de los elementos en suspensión. Pero un inconveniente de este aditivo es que su presencia aumenta la acidez de la tinta así preparada.

Goma arábiga
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La goma arábiga se extrae de la acacia del Senegal, que es originaria de las regiones semidesérticas del África subsahariana (en la actualidad el 70% de la producción mundial procede de Sudán), así como de Omán, Pakistán y el noroeste de la India. Como sucedanio en la Europa medieval podía emplearse la goma de ciruelo, clara de huevo o miel.

Todas las recetas que se conocen para fabricar tintas metalo-gálicas son muy similares y tienen el mismo fundamento teórico.

La primera cita escrita en la que aparece el empleo de las agallas mezcladas con los otros dos componentes básicos para obtener la tinta es el denominado Papiro V de Leyden, del siglo III, aunque de un siglo antes existe una mención por Filón de Bizancio. Poco después las encontramos también citadas por el médico Marcellus Empiricus, en su obra De medicamentus liber, de finales del siglo IV o principios del V) y más o menos por la misma época por Marciano Capella (De nuptiis), pero a lo que parece su empleo no se generalizó en Europa Occidental hasta el siglo XII.

Más o menos por esta época el monje-artesano Teófilo refiere en su Schedula diversarum artium que para fabricar la tinta había que mezclar el extracto de la corteza del leño espinoso con vino, para, después de concentra la mezcla, añadir lo que el autor denomina “atramentum”, que parece ser sulfato de hierro o de cobre, también denominado chalchantum, caparrosa o vitriolo.

Existen recetas de tintas metalo-gálicas en las que el agua empleada era agua de mar en lugar de agua dulce, como las citadas por Ibn Badis en 1025, o por Albinat de Canal, notario de Pollença (Mallorca) en 1382. Una variedad de esta técnica consistía en añadir sal al agua dulce, como muestra la receta de un calígrafo del siglo X llamado Ibn Muqla, y en la receta anónima de tinta mixta que aparece en un texto turco del siglo XVI.

La tinta metaloácida es fluida y con poco cuerpo, y necesita ser conservada en recipientes cerrados. Si se espesaba demasiado no correría bien al escribir y entonces “el escribano echaba un borrón”. Comenta Juan de Ycíar que:

Cuando no quiere correr la tinta, que acaesce o por ser muy vieja o por tener sobrada goma, algunos echan vinagre o vino tinto, movidos y aún engañados por la similitud del color. Si fuera hecha de vino blanco, hallo yo que es bueno remedialla con el mismo, echando la cantidad que vieren ser necesaria hasta correr a voluntad del escribano. Y si fuere hecha de agua, echársela ha un poco de lexía clara. Y cuando acontesciere ser la tinta muy clara, de suerte que se borre la letra o se suma el papel o pergamino, ponerle ha unos granos de goma arábiga o un poco de alumbre molido, o todo junto, hasta que se pare buena.

La tinta metaloácida penetra bien en las fibras del pergamino, pero tiene el inconveniente de su alto grado de acidez, que las hace corrosivas para el soporte, sobre todo cuando este es papel, hasta el punto de que muchos manuscritos presentan sus páginas desintegradas por efecto de las tintas empleadas.

Corrosión del papel producida por la tinta ferrotánica
http://www.tallerdepapel.com/wp-content/uploads/2015/06/IMG_5177_p.jpg.

Tintas mixtas

Además de estos dos tipos fundamentales de tintas, también existían las llamadas “tintas mixtas”, que estaban formadas por tintas al carbón a las que se añadían derivados tánicos o sales metálicas, y las “tintas incompletas”, denominadas así porque les faltaba alguno de los ingredientes básicos.

También se conoce la existencia desde la antigüedad de tintas elaboradas con materias curiosas, como la obtenida a partir del negro de las sepias, que citan Aulo Persio (s. I), Decio Ausonio (s. IV) y el propio Plinio.

Distribución geográfico-temporal de los distintos tipos de tinta

La investigadora francesa Monique de Pas (1974) sugiere la posibilidad de una distribución geográfica, a la par que histórica, de las diversas modalidades. En el ámbito oriental –Asia y Próximo Oriente– se usaría la tinta vegetal; en el occidental la de base metálica y en el Medio Oriente y en el norte de África el tipo mixto, además de las otras dos. Esta repartición refleja la composición transmitida a partir de las principales fuentes conocidas. Pero esta hipótesis requeriría una confirmación mediante la aplicación de técnicas de laboratorio.

Con el fin de comprobar si las recetas locales transmitidas por las fuentes coincidían con los hechos, se ha procedido a analizar una serie fragmentos de pergamino datados entre los siglos XI y XVI, de procedencia occidental. El resultado fue el siguiente:

  • Todas las tintas utilizadas contienen hierro
  • La mayoría presenta goma arábiga u otro ingrediente similar
  • Es imposible determinar con precisión la sustancia tánica utilizada

Pero estas conclusiones no pueden considerarse definitivas hasta que los muestrarios no sean amplios, tanto geográfica como cronológicamente. La existencia de un repertorio de fórmulas referenciales sería un valiosísimo instrumento que ayudaría al codicólogo en su tarea de localizar y datar un manuscrito dado.

Observación de la tinta negra en los manuscritos

Desgraciadamente, a la hora de examinar un manuscrito no suele ser posible tomar muestras de las tintas empleadas y llevarlas a un laboratorio para determinar su composición. Sin embargo sí será posible observar algunas de sus características externas, que podrán servir más adelante como indicio.

Por ello, al analizar un manuscrito, en relación con las tintas, se observará:

  • Si se ha utilizado una o varias tintas negras
  • El color y matiz: negro, negro con reflejos verdosos o azulados (u otros), sepia, marrón, gris, rojizo….
  • Su aspecto: mate, brillante…
  • Si tiende a correrse
  • Si hace borrones, y en caso afirmativo si total o parcialmente.
  • Si ha atravesado el soporte, y en caso afirmativo hasta qué punto.
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